3 feb 2026

DE JESÚS, MARÍA MAGDALENA Y LA DOBLE MORAL COLOMBIANA

 Por Julián Ospina

 

Recientemente, unas palabras del presidente Gustavo Petro suscitaron un escándalo nacional. En un discurso con motivo del inicio de las obras del Hospital San Juan de Dios en Bogotá, afirmó:

Imagen tomada de internet

“Yo creo que Jesús hizo el amor a lo mejor con María Magdalena. Porque un hombre así, sin amor, no podría existir”.

Como es costumbre con cada una de sus declaraciones, los medios de comunicación y las redes sociales de oposición no tardaron en poner el grito en el cielo. La Conferencia Episcopal de Colombia reaccionó de la siguiente manera:

“Consideramos que ningún funcionario ni otra persona está llamado a emitir conceptos de orden teológico sobre las convicciones religiosas o doctrinales de los ciudadanos y, al contrario, el Poder Público tiene la obligación de proteger a las personas en sus creencias y mantener relaciones armónicas y de común entendimiento con las confesiones religiosas”. Peca aquí la Conferencia al creer que proteger a las personas consiste es no opinar y que opinar por sí mismo es ofender, máxime cuando Colombia es un país laico.

En el mismo sentido, la Confederación Evangélica de Colombia (Cedecol) manifestó su preocupación porque las palabras del presidente distorsionaban la “verdad histórica, bíblica y teológica sobre Jesucristo”.

Y desde el púlpito un sacerdote dijo en su homilía estas “edificantes” palabras: “usted es un patán, usted es un grosero, usted es un blasfemo”. El sacerdote calificó al comunicado de la Conferencia episcopal como algo “tibio, tibio, tibio” y se refirió al presidente como una persona desastrosa que ha destruido este país” y “ahora se mete también con mi Dios, ¡manda cáscara!”, “nos están ofendiendo nuestra fe y no se dice nada, demasiado silencio, demasiado atemorizados como si ese señor dijera palabra de Dios: un guache, un vulgar, un grosero”. Execraciones propicias para una campaña política que, a lo mejor, le bastarían a un ateo para decidirse ipso facto a la conversión.

A estas reacciones se sumó el pronunciamiento del católico y misionero Luis Miguel López también rechazó las palabras del mandatario, subrayando que Jesús es el salvador y el amor verdadero, y acusándolo de instrumentalizar la fe. Sin embargo, incurre él mismo en esa instrumentalización, pues no habla como un simple feligrés sino como candidato a la Cámara por el Partido Conservador. Dijo —no sé si con amor— que eso no se podía permitir, y remató con una frase que resuena con particular gravedad en nuestro contexto político: “Colombianos, esto se tiene que acabar”.

Es claro que Petro no es teólogo y que la relación entre Jesús y María Magdalena no forma parte del contenido doctrinario ni dogmático del cristianismo. Tal hipótesis no aparece en los evangelios canónicos, aunque sí, al parecer, en los llamados evangelios apócrifos y en diversas expresiones artísticas: libros, canciones, películas y pinturas. El debate, por tanto, no se sitúa en el plano de la ortodoxia, sino en el de la interpretación cultural del amor y la sexualidad. En un intento de aclaración posterior, el presidente añadió unas palabras que no obtuvieron igual difusión mediática:

“Es de tontos franquistas pensar que es pecaminoso hablar del sexo y del amor, que es la gran fuerza colombiana.El amor nos protege y una de las emociones que más profundamente siente la colombianidad es el amor por los hijos y la reproducción de la vida; la sana sexualidad es fundamental. La sexualidad nunca será tan intensa como la que se hace con el amor en el corazón.Nos protege la cadena de los afectos y la certeza del amor”.

Lo que llama la atención, sin embargo, no es sólo la rapidez con que se pronunciaron por unas palabras sueltas, sino su silencio frente a lo verdaderamente esencial: la importancia histórica y social del Hospital San Juan de Dios para Bogotá. Pero aún más grave resulta que estas reacciones se viralicen mientras no se manifiestan con igual contundencia ante los escándalos de pederastia en la iglesia, el homosexualismo que practican algunos clérigos aunque su propia moral lo condene y el alto consumo de pornografía en los seminarios.

Ese silencio —“demasiado silencio”, diría el sacerdote— frente a casos graves, como ejercicio evidente de doble moral, termina erosionando la credibilidad ética de las iglesias y de sus propios feligreses. No se expresaron con la misma vehemencia cuando ex candidato presidencial Rodolfo Hernández (q.e.p.d) afirmó: “Recibo a la Virgen Santísima y a todas las prostitutas que vivan en el mismo barrio”. O de la participación del cura Gonzalo Javier Palacio en el grupo paramilitar los “Doce apóstoles”.

Más inquietante aún es que personas, instituciones e incluso medios de comunicación no se pronuncien con profundidad sobre el ex presidente conservador Andrés Pastrana y su aparición reiterada en los archivos Epstein, donde se mencionan, entre otras perlas, crímenes como tráfico sexual de menores, abuso sexual infantil, prostitución infantil, tortura y asesinato de mujeres, tráfico de bebés, sacrificios y canibalismo, incluido el presunto descuartizamiento de un bebé en un yate. Surge entonces una pregunta inevitable: ¿qué hacía allí este “buen cristiano” y el Príncipe y las demás figuras públicas de la alta alcurnia?

¿No son estas atrocidades las que deberían conducir a una verdadera profundización de la fe, al compromiso radical con el amor y con la vida? ¿Es más escandaloso, acaso, hacer el amor que hacer la muerte? ¿Por qué callan ante estos sí pecados mortales y se ensañan con una afirmación que bien podría relacionarse con aquellas palabras del papa Francisco según las cuales: “El placer sexual es un don de Dios”? ¿O es mejor condenar la palabra y tolerar el horror? ¿Indignarse contra un discurso y no contra el crimen?

La polémica, en fin, no gira realmente en torno a Jesús o a María Magdalena si no al amor y a la sana sexualidad que se “hace con el amor en el corazón”, como con amor en el corazón escribió César Vallejo este poema más que humano con el que finalizo sin pretender con ello que se arroje a nadie al averno o que se le profieran en su contra anatemas:

LOS DADOS ETERNOS

Dios mío, estoy llorando el ser que vivo;
me pesa haber tomádote tu pan;
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
tú no tienes Marías que se van!

Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!

Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,
como en un condenado,
Dios mío, prenderás todas tus velas,
y jugaremos con el viejo dado...
Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte
del universo todo,
surgirán las ojeras de la Muerte,
como dos ases fúnebres de lodo.

Dios mío, y esta noche sorda, oscura,
ya no podrás jugar, porque la Tierra
es un dado roído y ya redondo
a fuerza de rodar a la aventura,
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura.

20 sept 2025

In memoriam: Rubén Darío Herrera Rendón

Por Julián Ospina


Rubén Darío Herrera Rendón nació un 6 de mayo de 1967 en Pueblorrico, Antioquia, y desde allí, entre montañas y soles campesinos, comenzó a aprender el arte de observar. Fue el quinto de seis hermanos, esposo de Diana Patricia Restrepo Monterrosa, oriunda de Montelíbano-Córdoba, padre de Samael e Ian y abuelo de Alan, luz de su descendencia. Pero más allá de los lazos de sangre, fue hijo de la luz misma: la hizo su oficio y su destino. Me atrevería a decir que es uno de los fotógrafos más representativos del suroeste antioqueño.

Las imágenes que capturaba llegaban a ser del orden del milagro, sólo se las encontraba él, ninguno otro hubiese podido encontrárselas así, pero también las buscaba, caminaba en silencio, atento a una cierta forma de presentarse el color en un ángulo y de estar en lugar exacto en el momento oportuno. A veces salía triste a la calle y regresaba con una alegría de niño brillándole en los ojos por haber captado una foto, y no cualquiera.

En 1993 se inició en el medio audiovisual en el canal Telepueblorrico. Allí quizá aprendió que la cámara no es sólo un objeto, sino una brújula que lo orientaba hacia el alma de lo visible. Lo visible, esa ilusión que acaso sea el negativo de lo invisible que al morir revelamos. Allí, en Telepueblorrico, junto a Ómar, su amigo del alma, hicieron travesuras y escuela con el audiovisual.

Su formación fue constante y apasionada. No se limitó a la práctica: se nutrió de la lectura de grandes maestros de la fotografía como Michaell Busselle (Master of Photography), John Hedgecoe (El nuevo libro de la fotografía) y Michael Freeman (Compendio de fotografía digital). Su curiosidad lo llevó además a múltiples talleres y seminarios: audiovisual y producción de video documental (Medellín, 1993), iluminación, glamour y maquillaje (Medellín, 1998), poses e iluminación con Juan Bautista Zuluaga (Pereira, 1998), creatividad con Kodak Profesional (Medellín, 2001), y “Gente, lugares y momentos mágicos”, también con Kodak Profesional (Medellín, 2001). Cada experiencia fue sumando capas de luz a su mirada, afilando su ojo y su sensibilidad.

Para Rubén la fotografía fue vocación y forma de vida. Fue por la fotografía que se aficionó al cine, ámbito en el que realizó cortos documentales como Arrieros, Aquellos años…aquellos amigos y participó en el rodaje de películas como Pasos de héroe y en cortos como Kalashnikov escrito y dirigido por su amigo Juan Sebastián Mesa quien ha dirigido películas como Los Nadie (2016) y La Roya (2022). Una vez me confesó que su interés por el desnudo, de los que logró captar casi su esencia sagrada, la aprendió por ese gusto a la belleza, por ese deseo que nos enciende la vida pero, principalmente, lo aprendió porque se dio a la lectura de algunos libros de fotografía y de enciclopedias sobre la sexualidad que hace años eran los libros ocultos y hojeados con malicia por los adolescentes. Pero Rubén acudía a aquellos libros y a los de fotografía ávido de aprender.

Consciente del valor de la memoria colectiva, Rubén creó la página de Facebook Estampas de Pueblorrico, donde difundió bellas imágenes de su tierra natal, convirtiéndola en un archivo de identidad y pertenencia. Desde allí también dio vida a la serie Talentos, con la que reconoció y visibilizó a artistas locales. Su versatilidad lo llevó incluso a acompañar algunas producciones del cantante de reguetón Santiago Jaramillo, mostrando que su lente sabía transitar entre la tradición y la modernidad con igual respeto y entrega.

Rubén caminaba tras la luz, amaba los niños. Y esto es superior a las sombras. Hubo fotos que hizo primero en su imaginación y en su sentimiento como si elaborara el fermento que luego lo embriagaría. En Rubén Darío una foto nunca era la misma, siempre otra y cada vez nueva, con un matiz y riqueza de sentido, grafías de luz que hizo de sus fotos auténticos textos capaces de una belleza a la altura de la poesía, la música y, por qué no, a la altura de las levitaciones científicas y de la respiración. En la fotografía de Rubén la conexión del ojo con lo que ve trasciende lo técnico, era una especie de unión mística del fotógrafo a la cacería del instante revelándolos por la vía de la pupila la memoria de su corazón.

Su mirada supo encontrar belleza en lo simple: en los caballitos de acero que suben montañas, en la sonrisa de un niño, en la arruga noble de un anciano, en la noche que late. Por su amistad supe que a Rubén lo movía el arte, la gestión cultural, la comunicación, el cine, aparte del café que cultivaba y el amor y sus aventuras. Entre su plantas de café, de hecho, concibió distintos proyectos y sueños según me relató en tardes de amistad a carcajadas.

Rubén participó en festivales y concursos a nivel nacional e internacional que reconocieron su talento: desde Artes y Oficios de la Cultura Antioqueña (1995), el Salón del Artista de Jericó (1997), Colombia en Fotos (2013-2014), Cómo ve la Paz en Bogotá (2014), el Festival de Cine del Suroeste (2013-2014), hasta llegar a escenarios internacionales como Cannon Internacional (Bogotá, 2014) y Photo Acuae en España (2016). Fue miembro fundador del Festival del Cine del Suroeste Antioqueño, certamen que hoy honra su legado al entregar, año tras año, la estatuilla Rubén Darío Herrera Rendón a los ganadores de las diferentes categorías.  

Entre sus grandes logros, una de sus fotografías rurales alcanzó en 2013 el primer lugar entre 13.000 imágenes enviadas por 6.587 fotógrafos de todo el país. En 2020, además, fue uno de los fotógrafos seleccionados en el Concurso Latinoamericano de Fotografía Documental. Dondequiera que estuvo, Rubén dejó huella. Allí donde participó, su ojo no sólo habló, sino que dio voz a la tierra, al pueblo y a su memoria. 

En Pueblorrico, junto a su esposa Diana, no sólo fue artista, también sembrador de comunidad. Su rol como padre, vecino, gestor cultural y amigo mostró que la fotografía puede ser escuela y refugio, camino y humanidad. Supo que educar también es encender la chispa de la creación en los otros y que el arte es una forma profunda de amor. Sus imágenes lo tocan a uno, lo inspiran a darle un abrazo. Hubo quienes luego de verse a través del lente de Rubén se vieron mejor a sí mismos cual si hubiesen pasado a través de un espejo mágico.

Rubén dejó un legado de imágenes memorables. Bien haría su pueblo—si las voluntades políticas e interinstitucionales decidieran concretar el reconocimiento al valor de su obra— en preservar su memoria con un libro que dé testimonio de su mirada y sirva de ejemplo y aliento para las generaciones jóvenes. Porque en las fotografías de Rubén no emergen simples rostros ni paisajes, sino nítidos retratos de la tradición, de la historia y la cultura de un pueblo y una comunidad entera. Rubén nos legó la certeza de que mirar es también un acto espiritual. Sus fotos no se apagan: siguen vívidas en la memoria colectiva como instantes de luz capaces de vencer al tiempo.

Rubén Darío no fue un fotógrafo cualquiera, fue un alquimista de lo efímero. Sus imágenes son pletóricos testimonios de la ciencia de lo invisible, eran puentes entre la tierra y el cielo, entre el hombre y su historia, entre la vida y lo eterno.

Hoy, cuando lo evocamos, elevamos nuestro deseo de que sus ojos contemplen las bellezas del infinito, que la cámara del universo lo acoja y siga abriéndose para él, que su eterna aliada, la luz, lo asista ahora y siempre. Rubén, egresado de la I. E. El Salvador, de seguro ha ingresado ya al campo abierto de la salvación porque, como la luz, no muere, sólo cambia de forma. A pesar de que nos cueste un poco acostumbrarnos a esa forma peculiar de la luz que es ahora el grande y dulce Rubén Darío Herrera Rendón.

5 sept 2019

DESDE EL CERRO EL GÓLGOTA, Escritor invitado

Pero vuelve y se detiene
Son las montañas reflejándose en ellas mismas
De nubarrones un trazo afilado 

forma unas alas de águila
Doble arco iris, media esfera perfecta,
Sientes la pureza de una lágrima
Y al cerrar los ojos
Buscas la concavidad de la tierra…

El canto amarillo de un pájaro, rosales, un pino
Guardianes de tapiales rotos; el Ángelus en la nave central
luego el latido de un perro a lo lejos
Sin rumor industrial

Desde los riscos un toro transparente embiste
Pájaro de alas cortadas son los niños 

del agosto negro en Pueblorrico, 
que vuelan ya, por encima del tiempo.

Pero vuelve y se detiene
Son las montañas reflejándose en ellas mismas
Un sol azul, cañaduzales y cafetales

Tocados por un fuego rosado como locos reímos Cuando escuchamos que hablan abajo en el pueblo,
de fútbol y guerras.



Por Julián María Ospina. Pueblorrico-Antioquia, 2016

17 dic 2018

¿Para qué lectores en los tiempos del ruido? -Escritor invitado-*

Por Carlos Andrés Jaramillo
Filósofo, escritor y poeta


Foto: Julián Ospina
No siempre hemos leído en silencio. Hasta el siglo XVI de nuestra era, no fue una práctica corriente. Tanto el poeta, como el senador o el monje copista de la antigüedad escribían calladamente, pero leían sus textos en voz alta, delante de otros. No importaba si era un poema, una réplica aguda a cualquier ofensa o una fatigosa prueba de la existencia de Dios. La voz humana nunca dejó de escucharse, ni siquiera en las lecturas calladas, menos frecuentes, donde el lector se escuchaba así mismo. No se leía en silencio, pero había un silencio que escuchaba. Hoy, sin embargo, hemos llegado a un momento de la historia, en el que, por la alta tecnificación de nuestra civilización, incluso pensar es difícil y escucharse a uno mismo, en ocasiones, un reto. La cantidad de ruido humano, que es ínfimo, comparado con los ruidos de la naturaleza, impide muchas veces comunicarse.

21 jul 2018

DE PUEBLORRICO PARA COLOMBIA: RECONOCIMIENTO DISTINTAS MANERAS DE NARRAR EL PATRIMONIO CULTURAL COLOMBIANO

Libros y Libres, proyecto educativo y cultural, creado, liderado y coordinado por el docente de filosofía Julián Ospina es el Proyecto ganador de la convocatoria "Reconocimiento distintas maneras de narrar el patrimonio cultural colombiano" en el Programa Nacional de Estímulos 2018 del Ministerio de Cultura de Colombia. En la categoría “Mejor contenido digital convergente” cuyo objetivo “busca reconocer la creatividad y el trabajo de los creadores de contenidos culturales de todo el país, para contar historias que promuevan la visibilización del patrimonio cultural colombiano, desde su complejidad histórica, artística y social, mediante propuestas narrativas innovadoras en distintos medios, lenguajes y formatos”. 
De modo que estos “reconocimientos permiten destacar procesos artísticos y culturales, cuyo rasgo distintivo es la excelencia y su contribución al sector”, como lo indica el documento de la Convocatoria. Por esta razón, incluyen también nuestro proyecto (de Pueblorrico para Colombia) en el Banco de Contenidos del Ministerio de Cultura. Aquí el enlace: http://bancodecontenidos.mincultura.gov.co/FichaDocumental/?id=11687#