Por Julián Ospina
Recientemente, unas palabras del presidente Gustavo Petro suscitaron un escándalo nacional.
En un discurso con motivo del inicio de las obras del Hospital San Juan de Dios
en Bogotá, afirmó:
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| Imagen tomada de internet |
“Yo creo que Jesús hizo el amor a lo mejor con
María Magdalena. Porque un hombre así, sin amor, no podría existir”.
Como es costumbre con cada una de sus
declaraciones, los medios de comunicación y las redes sociales de oposición no
tardaron en poner el grito en el cielo. La Conferencia Episcopal de Colombia
reaccionó de la siguiente manera:
“Consideramos que ningún funcionario ni otra
persona está llamado a emitir conceptos de orden teológico sobre las
convicciones religiosas o doctrinales de los ciudadanos y, al contrario, el
Poder Público tiene la obligación de proteger a las personas en sus creencias y
mantener relaciones armónicas y de común entendimiento con las confesiones
religiosas”. Peca aquí la Conferencia al creer que proteger a las personas
consiste es no opinar y que opinar por sí mismo es ofender, máxime cuando Colombia es un país laico.
En el mismo sentido, la Confederación Evangélica
de Colombia (Cedecol) manifestó su preocupación porque las palabras del
presidente distorsionaban la “verdad histórica, bíblica y teológica sobre
Jesucristo”.
Y desde el púlpito un sacerdote dijo en su
homilía estas “edificantes” palabras: “usted es un patán, usted es un grosero,
usted es un blasfemo”. El sacerdote calificó al comunicado de la Conferencia
episcopal como algo “tibio, tibio, tibio” y se refirió al presidente como una persona
desastrosa que ha destruido este país” y “ahora se mete también con mi Dios, ¡manda
cáscara!”, “nos están ofendiendo nuestra fe y no se dice nada, demasiado
silencio, demasiado atemorizados como si ese señor dijera palabra de Dios: un
guache, un vulgar, un grosero”. Execraciones propicias para una campaña política que,
a lo mejor, le bastarían a un ateo para decidirse ipso facto a la
conversión.
A estas reacciones se sumó el pronunciamiento del
católico y misionero Luis Miguel López también rechazó las palabras del
mandatario, subrayando que Jesús es el salvador y el amor verdadero, y
acusándolo de instrumentalizar la fe. Sin embargo, incurre él mismo en esa
instrumentalización, pues no habla como un simple feligrés sino como candidato
a la Cámara por el Partido Conservador. Dijo —no sé si con amor— que eso no se
podía permitir, y remató con una frase que resuena con particular gravedad en
nuestro contexto político: “Colombianos, esto se tiene que acabar”.
Es claro que Petro no es teólogo y que la relación entre Jesús y María Magdalena no forma parte del contenido doctrinario ni dogmático del cristianismo. Tal hipótesis no aparece en los evangelios canónicos, aunque sí, al parecer, en los llamados evangelios apócrifos y en diversas expresiones artísticas: libros, canciones, películas y pinturas. El debate, por tanto, no se sitúa en el plano de la ortodoxia, sino en el de la interpretación cultural del amor y la sexualidad. En un intento de aclaración posterior, el presidente añadió unas palabras que no obtuvieron igual difusión mediática:
“Es de tontos franquistas pensar que es pecaminoso hablar del sexo y del amor, que es la gran fuerza colombiana.El amor nos protege y una de las emociones que más profundamente siente la colombianidad es el amor por los hijos y la reproducción de la vida; la sana sexualidad es fundamental. La sexualidad nunca será tan intensa como la que se hace con el amor en el corazón.Nos protege la cadena de los afectos y la certeza del amor”.
Lo que llama la atención, sin embargo, no es sólo
la rapidez con que se pronunciaron por unas palabras sueltas, sino su silencio
frente a lo verdaderamente esencial: la importancia histórica y social del
Hospital San Juan de Dios para Bogotá. Pero aún más grave resulta que estas
reacciones se viralicen mientras no se manifiestan con igual contundencia ante
los escándalos de pederastia en la iglesia, el homosexualismo que practican
algunos clérigos aunque su propia moral lo condene y el alto consumo de
pornografía en los seminarios.
Ese silencio —“demasiado silencio”, diría el
sacerdote— frente a casos graves, como ejercicio evidente de doble moral,
termina erosionando la credibilidad ética de las iglesias y de sus propios
feligreses. No se expresaron con la misma vehemencia cuando ex candidato
presidencial Rodolfo Hernández (q.e.p.d) afirmó: “Recibo a la Virgen Santísima
y a todas las prostitutas que vivan en el mismo barrio”. O de la participación
del cura Gonzalo Javier Palacio en el grupo paramilitar los “Doce apóstoles”.
Más inquietante aún es que personas,
instituciones e incluso medios de comunicación no se pronuncien con profundidad
sobre el ex presidente conservador Andrés
Pastrana y su aparición reiterada en los archivos Epstein, donde se
mencionan, entre otras perlas, crímenes como tráfico sexual de menores, abuso sexual infantil,
prostitución infantil, tortura y asesinato de mujeres, tráfico de bebés,
sacrificios y canibalismo, incluido el presunto descuartizamiento de un bebé en
un yate. Surge entonces una pregunta inevitable: ¿qué hacía allí este “buen
cristiano” y el Príncipe y las demás figuras públicas de la alta alcurnia?
¿No son estas atrocidades las que deberían
conducir a una verdadera profundización de la fe, al compromiso radical con el
amor y con la vida? ¿Es más escandaloso, acaso, hacer el amor que hacer la
muerte? ¿Por qué callan ante estos sí pecados mortales y se ensañan con una
afirmación que bien podría relacionarse con aquellas palabras del papa Francisco según las cuales: “El placer sexual es
un don de Dios”? ¿O es mejor condenar la palabra y tolerar el horror?
¿Indignarse contra un discurso y no contra el crimen?
La polémica, en fin, no gira realmente en torno a
Jesús o a María Magdalena si no al amor y a la sana sexualidad que se “hace con
el amor en el corazón”, como con amor en el corazón escribió César Vallejo este
poema más que humano con el que finalizo sin pretender con ello que se arroje a
nadie al averno o que se le profieran en su contra anatemas:
LOS DADOS ETERNOS
Dios mío, estoy llorando el ser
que vivo;
me pesa haber tomádote tu pan;
pero este pobre barro pensativo
no es costra fermentada en tu costado:
tú no tienes Marías que se van!
Dios mío, si tú hubieras sido hombre,
hoy supieras ser Dios;
pero tú, que estuviste siempre bien,
no sientes nada de tu creación.
Y el hombre sí te sufre: el Dios es él!
Hoy que en mis ojos brujos hay candelas,
como en un condenado,
Dios mío, prenderás todas tus velas,
y jugaremos con el viejo dado...
Tal vez ¡oh jugador! al dar la suerte
del universo todo,
surgirán las ojeras de la Muerte,
como dos ases fúnebres de lodo.
Dios mío, y esta noche sorda, oscura,
ya no podrás jugar, porque la Tierra
es un dado roído y ya redondo
a fuerza de rodar a la aventura,
que no puede parar sino en un hueco,
en el hueco de inmensa sepultura.



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