23 ago 2017

HACER Y PONER A ACTUAR LA MEMORIA. -ESCRITOR INVITADO-

Luis Antonio Ramírez Zuluaga

Docente Investigador
Instituto de Estudios Regionales
Universidad de Antioquia


Fotos de J. Abad Colorado, tomadas de internet
Ante la violencia producida en el marco del conflicto armado colombiano tenemos el reto de mantener una atención receptiva, pero también crítica, tratando de abrir nuevas formas de comprensión dentro del complejo diálogo social sobre lo sucedido. Los trabajos que se hacen para recuperar, visibilizar o fortalecer la memoria de lo que ha pasado se enmarcan en dicho diálogo; y para mantener justamente una atención receptiva y crítica respecto a ellos, debemos preguntarnos por los usos y las funciones de la memoria en los diversos espacios en que ella emerge.


En mi caso, he tenido la oportunidad de trabajar en algunos de los ejercicios de memoria que se han adelantado desde el grupo de investigación Cultura, Violencia y Territorio adscrito al Instituto de Estudios Regionales de la Universidad de Antioquia; aunque se podría estar tentado a pensar que esos ejercicios se hacen desde la pura objetividad gris del escenario académico-investigativo, resulta significativo que las personas participantes manifiesten la importancia de encontrarse en un espacio donde prima la confianza y el reconocimiento de su dolor. Para esas personas, el hecho de acceder a este tipo de ejercicios representa, en una primera instancia, una posibilidad de desahogo, de sanación personal, de “reconciliación consigo mismas”[1]. Ese es un primer paso. Sin embargo, las violencias (que quizá sobrepasan las causadas por el conflicto armado) no sólo afectan la confianza que las personas puedan tener en sí mismas, sino también la confianza en los otros y, aún más, la percepción o el hecho de que los otros confíen en ellas —con la singularidad que ellas portan en los múltiples devenires que están relacionados con la tierra (ser del campo), con la condición particular del género o la edad (ser mujer, homosexual, niño, niña), con el acervo cultural (ser indígena, afrocolombiano), etc—. Cuando a alguien se le ha causado un daño, se puede afectar pues tanto su fuero interno como la confianza y la capacidad para crear vínculos interpersonales. No solo es necesario entonces recuperar la confianza propia de aquellas personas a quienes se les ha causado un daño, sino que también es fundamental recobrar su confianza en reconfigurar y tejer nuevos o diferentes lazos sociales. Para ello, uno de los caminos a seguir consiste en que esas personas sean reconocidas en sus propias singularidades y, al mismo tiempo, que la sociedad reconozca y “repare” el daño que se les ha causado, con la renovada posibilidad de vivir y ser en común. 

Enfrentar los daños padecidos mediante los ejercicios de memoria no es una tarea que ubica a las personas por fuera del ámbito político, sino que las sitúa justamente dentro de una comunidad y una red de significados en donde se gestan diferentes formas de lo político. De este modo, podemos afirmar que el hacer memoria tiene un uso estratégico, como forma de posicionamiento, como recurso y medio que tienen las personas para acceder a la escena política y conseguir el reconocimiento social del daño padecido. Ese uso estratégico del hacer memoria no está relacionado únicamente con las políticas estatales o centralizadas de recepción de la memoria —ya sea para efectos de la “verdad”, la justicia, la reparación, la reconciliación, etc.—, sino que también puede tener una pertinencia y una apuesta política desde una dimensión territorial en la cual se hacen relevantes las expresiones locales de la memoria que revitalizan los lugares y las personas y comunidades afectadas, haciendo que éstas se empoderen de los procesos sociales tendientes a superar las secuelas de la violencia. 

Es en este sentido que podemos considerar que el hacer memoria no es cosa del pasado y que hay que ponerla a actuar en la consecución de la esperada “paz territorial”. Hacer y poner a actuar la memoria a través de la revisión y generación de oportunidades que permitan a las personas y comunidades de los territorios expresarse y participar ellas mismas en las decisiones que les competen —algo respecto a lo cual han sido excluidas y que ha sido, precisamente, una de las causas históricas de sus males— y en la creación o reconfiguración de sus lazos sociales para poder así, al fin, liberarse o emanciparse de aquel lastre que implica la condición de “víctima”.


[1] Algunas de las personas que han participado en los trabajos que el grupo Cultura, Violencia y Territorio ha hecho en torno a la memoria reconocen que a veces son presas de una auto-culpa en donde se reitera una interpelación a sí mismas: “¡Por qué lo dejé salir!”, “¡Por qué no nos fuimos antes!”, etc. Es por ello que, en un momento inicial, para ellas es importante poder “reconciliarse consigo mismas”.

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